Mikaela Davis edita su quinto disco, ”Graceland Way”. Para el, la conocida arpista y compositora se recluyó en una casa en la ladera de Chevy Chase Canyon, un lugar enclavado en el condado de Los Ángeles donde el tiempo se ralentizó, el mundo se desvaneció y pudo crear desde una sensación de calidez y profunda atención. La épica “canyon country” nacida de estas sesiones vincula un futuro neowestern con el linaje de Laurel Canyon, el mito de Graceland de Elvis y la incansable reinvención de Paul Simon. Edita Kill Rock Stars.
Escucha”Graceland Way” de Mikaela Davis aquí:
Mikaela Davis lleva años construyendo una trayectoria singular: formada como arpista clásica, cantautora de sensibilidad folk y figura habitual del universo jam band gracias a proyectos como Grateful Shred. La hemos disfrutado junto a Circles Around The Sun. En este su quinto álbum encuentra quizá el equilibrio más logrado entre todas esas facetas. El disco abandona parte de la experimentación de trabajos anteriores para abrazar un sonido luminoso ligado a la tradición americana de Laurel Canyon, pero filtrado por una sensibilidad moderna y ligeramente psicodélica.
El álbum ha sido grabado junto al bajista y productor Dan Horne y el guitarrista John Lee Shannon. Se hizo en una calle de las colinas de Los Ángeles que da nombre al disco. Por eso, respira carretera, atardeceres californianos y nostalgia FM. Davis define su propuesta como “canyon country”, una mezcla de country y dream pop donde conviven influencias de Emmylou Harris, Tom Petty o Mazzy Star. El resultado es un disco accesible y elegante, donde cada instrumento tiene espacio para respirar. Además, la fluída producción convierte las canciones en paisajes amplios y soleados. Lo más destacado es ver a Davis relegando a su arpa y centrándose más en la composición de canciones.
Desde la apertura con “(Looking Through) Rose Colored Glasses”, acompañada por Madison Cunningham y Tim Heidecker, el álbum deja claras sus intenciones: guitarras de aire clásico, pedal steel reluciente y un espíritu entre optimista y melancólico que recuerda al pop-country sofisticado de finales de los setenta. “Junk Love”, junto a Karly Hartzman, demuestra su gusto por los sonidos californianos más naif. Mientras, “Nothin’s on the Radio” evoca la infancia de Davis escuchando FM desde el asiento trasero del coche familiar. Su sonido remite tanto al country-rock noventero como a bandas contemporáneas como The War on Drugs. Destacar la colaboración al órgano de Neal Francis.
“Tuve la suerte de crecer en los últimos años de la época dorada de la radio FM. Poder sintonizar ese mundo mágico, mucho más allá del mío, fue una experiencia transformadora. Escuchar a artistas como Sheryl Crow y Vanessa Carlton en el estéreo fue lo que me impulsó a escribir canciones y a tocar música”
Aunque el disco se mueve muchas veces en terrenos familiares, Davis y sus colaboradores introducen detalles suficientes para evitar la sensación de rutina. Hay cambios de emisora en “Nothin’s on the Radio”, bucles invertidos de arpa en “Rose Colored Glasses” y capas de sintetizadores y cuerdas que convierten “11:11” en uno de los momentos más inquietantes y atmosféricos del álbum. También destaca la teatralidad barroca de “Mizmoon”. El tema es de Cass McCombs y se inspira en la extremista Patricia “Mizmoon” Soltysik. La delicada “Spring Petals in the Snow”, cuya combinación de piano y acordeón aporta uno de los clímax emocionales del disco.
El tramo final introduce además una dimensión más crítica y reflexiva. “The Wrong Way” habla de desigualdad y frustración social sobre una base entre el country-rock, mientras “(That’s Not) Who I Wanna Be” cierra el disco como una declaración de principios: Davis rechaza la deshumanización, el ego y la autodestrucción asociados al éxito artístico. Es un final honesto y coherente para un álbum que, pese a su apariencia ligera y soleada, nunca deja de transmitir una fuerte sensación de autenticidad.
