Zach Bryan en Donosti

Cuentan que en alguna entrevista reciente Zach Bryan comentaba que pensaba seguir incorporando músicos a su banda hasta que dejasen de etiquetarle como artista country. Anoche, el de Oklahoma se presentó en Donosti con hasta 22 músicos en escena, dejando claro que lo suyo trasciende el género y abraza muchos más palos, picando de aquí y de allí en el gran abanico de la música popular estadounidense. No es exagerado tildar a Bryan como el Bruce Springsteen de esta generación; me lo comentaba un gran amigo durante el concierto mientras miraba a su hijo, quien, al igual que Zach, toma el relevo del maestro para ser punta de lanza de los tiempos venideros. Su éxito exponencial en apenas cuatro años y la media de edad del aforo que se congregó en Ilunbe (con una notable presencia extranjera, todo hay que decirlo) son la prueba de que es el artista del momento. Fue un privilegio asistir al inicio de su gira europea en un recinto mucho más acotado que el resto de sus fechas pasadas y futuras. Un lujo que solo se explica desde el idilio que Bryan mantiene con la ciudad desde que Springsteen le invitase a su concierto en Anoeta el año pasado, y que le llevó a volver poco después para pasar unos días por aquí, visita a los Sanfermines incluida, como reflejó en “Runny Eggs”. Es probable que no volvamos a vivir algo tan especial como lo que experimentamos anoche: un artista en su cenit, con un sonido cristalino y una banda (su particular E Street Band) perfectamente engrasada. Pero este será un recuerdo que nos acompañará siempre. I’ll remember everything.

Nacho Cordero. 

Muchos artistas llegan a una ciudad como una parada más dentro de una gira interminable. A veces ni siquiera recuerdan su nombre. Zach Bryan, sin embargo, tiene tatuado el nombre de Donosti en el corazón. La relación entre Bryan y San Sebastián ya forma parte de la mitología de la música americana contemporánea. Durante los últimos meses, el cantante ha dejado clara su fascinación por la ciudad. No hace ni un año llegó para ver —y, como veremos después, aprender de él— el concierto de Bruce Springsteen en Anoeta.

Justo allí, en La Concha, conoció a Samantha Leonard. Una influencer de la que cayó enamorado. Se quedó unos días más para disfrutar de los Sanfermines y terminó rendido a esta tierra. Desde entonces llegaron las largas estancias en Gipuzkoa y las referencias constantes en redes sociales. Como colofón, su boda con Samantha en plena Parte Vieja donostiarra. Una ceremonia que no estuvo exenta de polémica por el uso privilegiado que unos millonarios americanos hicieron de una de las zonas más sensibles y saturadas de la ciudad.

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Por eso el concierto de Illumbe tenía una atmósfera distinta incluso antes de empezar. Había seguidores llegados desde Estados Unidos, pero también de Reino Unido, Francia, Alemania, Canadá o Australia. Muchos llevaban días instalados en la ciudad, demostrando que este tipo de artistas, aunque todavía tengan un reconocimiento limitado en nuestro país, generan un enorme impacto económico allí donde actúan.

En Estados Unidos llena estadios de fútbol americano y mueve cifras de auténtica superestrella. Verlo en una plaza de toros cubierta, en una ciudad relativamente pequeña y además tan vinculada a su vida personal, convertía la cita en algo excepcional. Si, además, se hubiera cuidado un poco más al público, la sensación habría sido perfecta. Porque, ¿es de recibo esperar más de media hora para pagar una cerveza a precio de zumo de caviar? ¿Se puede hacer peor a la hora de renumerar las entradas? Pero esa es otra historia. Centrémonos en la música.

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Las luces se apagaron a las diez en punto y empezó a sonar “Born in the U.S.A.”. Un pequeño riff del himno estadounidense completó una apertura tan grandilocuente como significativa. La influencia de Springsteen sobre Bryan es cada vez más evidente. Su nueva gira está claramente inspirada en las del Boss junto a la E Street Band. Una macro banda de más de veinte músicos le acompaña, aportando matices enormes a cada canción. Es cierto que Zach es bastante más sobrio que el de New Jersey a la hora de dirigirse al público, aunque también tuvo sus momentos: gritó varias veces “¡Donostia!”, una ironía teniendo en cuenta que solo un pequeño porcentaje de los asistentes era realmente de allí.

Pero sí: Rolling Stone tenía razón cuando hermanó a Bruce y Bryan en una de sus portadas. Era un reconocimiento explícito a su condición de heredero natural. Sus referentes son comunes: canciones sobre la clase trabajadora, la culpa, el deseo de escapar y la nostalgia americana convertidas en himnos para un público entregado.

Zach todavía conserva ese aspecto de chaval de la América profunda. Pero no nos confundamos: sabe perfectamente qué quiere y cómo lo quiere. Cuando la banda arrancó “Overtime” se desató la locura. Un comienzo perfecto para ajustar el sonido y poner en marcha una maquinaria que funciona con precisión casi familiar. Grandes músicos —muchos pertenecientes a su círculo más cercano— que se comportan más como una pandilla que como una banda profesional.

Le siguió “Open the Gate”, una de las primeras canciones con las que muchos descubrimos a Bryan en aquel “American Heartbreak” con el que el fenómeno explotó definitivamente. Bryan siempre ha manejado muy bien la imaginería americana clásica —caballos, carreteras, rodeos, bares perdidos y pequeñas ciudades—, pero en Illumbe quiso dejar patente su amor por Donosti y por España. En los audiovisuales se mostraba al cantante y a sus amigos disfrutando de los Sanfermines. Más adelante, veríamos otro con imágenes de su boda en la ciudad. Fueron dos detalles que el público local agradeció especialmente.

Aunque pueda parecer difícil encajar el country americano más tradicional con una ciudad tan alejada culturalmente del género, Bryan lo consiguió. Al final, simplemente quería gritarnos lo feliz que ha sido siempre aquí. “Appetite”, impulsada por unos vientos celestiales, marcó una velocidad de crucero que no disminuiría durante las más de dos horas de concierto. Tras volver a recalcar que aquella noche de junio de 2025 fue la mejor de su vida, atacó con convicción y elegancia una versión de “Atlantic City”.

Sorprendió comprobar que fue una de las pocas canciones que los fans más jóvenes apenas corearon. Quizá Bruce Springsteen les queda ya demasiado lejos. No sabemos si eso cambiará en el futuro, pero lo cierto es que los últimos años de Zach Bryan han supuesto una explosión creativa descomunal. Las canciones-himno parecen caérsele de los bolsillos con una naturalidad asombrosa: “Dawns”, “Heavy Eyes”, “Motorcycle Drive By”, “Slicked Back”, …

“Something in the Orange” ya fue otro nivel. Resulta increíble observar cómo una canción aparentemente delicada y minimalista se ha convertido en uno de los grandes himnos emocionales de la música americana reciente. En directo pierde cualquier rastro de intimidad y se transforma en una experiencia colectiva brutal. Miles de personas cantando sobre la incapacidad de aceptar una despedida. ¿Quién no ha vivido alguna vez algo así?

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La parte central del concierto confirmó que las etiquetas hace tiempo que se le quedaron pequeñas. El sonido de Bryan en directo bebe tanto del folk americano como del heartland rock o el country, aunque manteniéndose siempre lejos del country comercial más insoportable. Y, como es un tipo inteligente manejando las emociones, había reservado el debut en directo de “Aeroplane” precisamente para su concierto de Donosti. “Estoy viendo caer la nieve desde un avión / He estado en Oklahoma, nunca he estado en España / Y me estoy despidiendo de quien solía ser”. Una canción preciosa —de lo mejor de su último disco— que fue recibida como un regalo. No hizo falta ningún discurso para entender la carga simbólica del momento. Donosti parece haber funcionado para Bryan como un lugar de reconstrucción emocional tras una ruptura especialmente complicada.

Más o menos por entonces presenciamos una escena poco habitual: una familia australiana con la que habíamos hecho buenas migas decidió levantarse e irse… a dormir. Curiosos personajes, que se perdieron precisamente la parte más emocional del concierto, con un público ya totalmente desatado y cantándolo absolutamente todo. Incluso recuperó “God Speed”, de su disco de debut.“Fifth of May” y “Burn, Burn,  Burn” funcionaron como dos de los grandes picos emocionales de la noche. Dos canciones que resumen perfectamente el imaginario de Zach Bryan: rupturas, vicios, tristeza, culpa… y esos dos grandes sueños americanos que atraviesan toda su obra: el deseo de huida y la necesidad constante de redención.

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“East Side of Sorrow” nos devolvió a su pasado militar: “Me dijeron: chico, vas a luchar en una guerra / Ni siquiera sabes por qué luchas / Perdí amigos en el calor de agosto / Por la noche siempre me encontraba con Dios”. No hace tanto que se licenció del ejército, sin imaginar siquiera que la vida le tenía reservado algo así.

Ya llegaba la hora de cerrar el concierto. Lo hizo invitando a Keenan O’Meara para compartir “Runny Eggs”, una nueva muestra de que Bryan sigue teniendo los pies en el suelo y cuidando de los suyos. Keenan todavía es prácticamente un desconocido: ni siquiera ha publicado su disco de debut. Aun así, Zach se lo ha llevado de gira y le ha permitido abrir la velada con sus canciones folk, recibidas de manera bastante tibia por un público que, claramente, no estaba allí por él.

“American Nights” sonó con una épica difícil de igualar si no eres Bruce Springsteen. “I Remember Everything” fue la elegida para cerrar el concierto principal y fue recibida como lo que ya es: un clásico instantáneo. Hubiéramos dado medio brazo por ver a Kacey Musgraves cantándola junto a él, pero Heaven Schmitt cumplió perfectamente con el papel.

Tras casi cinco minutos de espera —no es sencillo sacar y volver a meter a más de veinte músicos en escena— llegó el clásico final con “Revival”. Ya convertido en ritual dentro de los conciertos de Zach Bryan, el tema sirvió para una interminable presentación de la banda, con momento de gloria para cada músico. Más de quince minutos de solos intercalados con el estribillo: “Porque vamos a tener un revival que durará toda la noche / Que alguien llame a las mujeres y que alguien robe la Biblia / Por el bien de mi supervivencia / Bautícenme con una botella de Beam y pongan a Johnny en vinilo”.

Catarsis absoluta. Momentos para disfrutar de la excelencia de músicos como el bajista Zephyr Avalon, nuestra favorita Hannah Cohen al violín, el divertidísimo Read Connolly y su teatral desmayo escénico o el virtuoso Noah Legros a la guitarra. No, no vamos a nombrar a los más de veinte músicos, pero nos quitamos el sombrero —de cowboy— ante todos ellos.

Todavía nos cuesta creer que hayamos podido vivir algo así. La organización fue mejorable, el merchandising tenía precios prohibitivos y nos habría gustado ver a más aficionados locales entre el público. Imaginamos que dentro de unos años mucha gente dirá que estuvo allí. Nosotros sonreiremos sabiendo que mienten y lamentan no haber asistido a una velada histórica. Porque lo de ayer fue un concierto difícil de imaginar en nuestro país. Solo el encanto de una ciudad como Donosti y la casualidad de que Zach Bryan se enamorara de ella una noche de verano hicieron posible algo así. Seamos claros: lo de ayer fue una anomalia. Un acto de amor de un músico en el mejor momento de su carrera.

Fotos: Nacho Cordero y Jorge Taus. Videos: Nacho Cordero-Javier Casamor

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