SWANSONG. JOHN BROMLEY & PABLO SOLO

¿Alguien se acuerda de John Bromley? Subo la apuesta, ¿quién tiene en casa su disco de 1969, Sing, el único que publicó? Pablo Solo tuvo un arrebato uno de estos últimos años, cuando por azar o destino escuchó una de las canciones del disco, descatalogado desde hace décadas, y atravesado por la flecha, cual místico del Siglo de Oro, perseveró en la revelación y encontró fruto. Swansong es un nuevo disco de John Bromley que no existiría sin Pablo Solo. Él es autor de los arreglos y la producción, toca todos los instrumentos menos unos pocos y aporta segundas voces. La voz que escuchamos es la de Bromley. Basado Swansong en maquetas inéditas de voz y guitarra que hicieron el viaje de ida y vuelta entre Sussex y Madrid – con alguna parada en Santander -, es también un fascinante viaje al pasado, en el que la música del cántabro se encuentra con la voz entonces juvenil del británico y con las canciones que no pudimos conocer. Es un disco que viene del ayer con sonidos del presente, o un disco de hoy con la voz del pasado. Cualquiera de las dos definiciones puede valer, pero ambas confluyen en una realidad superior e incontestable: es una maravilla más allá de su ubicación temporal.

Empieza con “Verbechan Square”, de cualidad casi celestial, una canción que viene enteramente de las calles y cafés de otro tiempo, que se desvanece como la melodía de un acordeón entre las voces de la gente. Ya está todo dicho en tres minutos, ya sabes de qué materia están hechos los recuerdos, y sabes también que no puedes escapar. “Saturday Has Gone” lo confirma. Es pop de atardecer, de sábado que se va, paisaje que roza la melancolía de ese jardín al que todavía puedes ir cuando la luna sale. “Fallen Heroes” y la cálida voz de Bromley, una guitarra, una melodía, hacen una canción de persianas echadas en la habitación de los héroes caídos, donde siempre hay sitio para alguien más. “I Guess I Must Have Been Away” es un hermoso paseo musical por un mundo que ni siquiera entonces era ya el mismo, un mundo que melodías como esta pueden sin embargo iluminar. “What I’ll Do” tiene el alma de las canciones pequeñas, de los sentimientos comunes: ¿qué hacer sin ti?; cuando el lamento es amor suena así, envuelto de voces como labios. “Eve” es tan breve que el final te sorprende enredado en las cuerdas de una guitarra, atrapado en una emoción que no te abandona. No has llegado a la mitad y ya has sido derrotado, y entonces “Summer Follows Spring”: el inicio a capella hiere, la voz del cello mata… y el verano sigue a la primavera. No es posible tanta belleza.

“In Between and Nowhere” con su lenta cadencia te hace sentir en tierra de nadie, en un espacio dulce de soledades, perdido en un océano en el que quieres estar. Y sale el sol: “Love Can Do Anything” es optimista, está llena de luz, es un viaje en compañía, caminar por el aire, pop exquisito. Pablo Solo y John Bromley son capaces en este disco de capturar el color del día en cualquier hora, y en “Promises”, una canción que pasa como una nube y se deshace en el horizonte, Bromley canta con la voz del crepúsculo. ¿La has escuchado alguna vez? Es exactamente esa, la del sol hundiéndose en los campos o en las aguas o en el perfil de los edificios que ves tras el cristal de tu ventana. “Get out of Your Life” escenifica el adiós, y sientes las pisadas del alejamiento, la árida realidad, escuchas la guitarra de Bromley por primera vez en el disco, justo en el momento en que hay que tomar una decisión. El disco se agrieta, se hace eléctrico, pero es solo un paréntesis, porque “Mother Love” restaura la imagen con pinceladas sutiles, y hace de un cuarteto de cuerda y una voz el relieve de un abrazo, un sentimiento universal. Sí que es posible tanta belleza. Estamos terminando, en “One Woman Man” Bromley se desliza por las palabras, la música se mira en él, y cae la lluvia. “A Northern Song” es el final que cuenta el principio, la historia del músico norteño que viajó a la capital para encontrar las canciones nos llega con una voz filtrada desde un tiempo ido, desde los días de la radio y una cama en un cuarto, y la luna de Londres, o tal vez la de Madrid se asoman. La guitarra acústica que cierra el disco es la de John Bromley, y la música se apaga. El cisne es ahora silencio.

 

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