No parking tickets in the clouds. Nacho Para

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Dicen que existe un algoritmo que conecta la música con tu cerebro y te hace su esclavo. Es música que no se crea ni se destruye, se fabrica. Existe también otra música, un sutil destilado alquímico que nace en el alma y busca su lugar en otras almas. Las canciones de Nacho Para albergan ese secreto y “No Parking Tickets in the Clouds” es un cofre para el que cada quien tiene su llave, la que le lleva al corazón de la poesía que se escribe con acordes.

No oculta Nacho Para sus querencias, nunca lo ha hecho, y ya en la primera estrofa de la primera canción Harrison y Dylan se funden en uno solo, veinte segundos nada más que son el puente hacia sí mismo, porque si hay alguien reconocible en esta colección exquisita no es sino el propio músico que las firma. Viene este disco de tiempos difíciles, los que encarcelaron nuestras vidas durante dos largos años, y necesariamente es crepuscular.

No puedo escribir otra canción, se confiesa en “Only Seen My Face”, pieza de apertura envuelta en sonidos a flor de piel, un lienzo para el dobro, el ukelele, la armónica y el pedal steel, donde los teclados y los coros te llevan a una salida: soñé que te oía llamar y encontré fuerzas para abrirte. Empieza así un camino que te conducirá a esas nubes de “Hurry Up” en las que no existen parquímetros o, en el aburrido lenguaje actual, zonas de aparcamiento regulado.

Nacho Para canta canciones junto al fuego, y en “Leaving You My Soul” hay violines que te hacen estar en los lugares a los que pertenece el alma, y en “In the Afternoon” es la propia canción la que camina hacia el horizonte, como el preso que siente el aire caliente en su primer día de libertad, y escuchas una mandolina que es el atardecer y un banjo que es la carretera polvorienta.

Son canciones de frontera, como “Move Around”, en donde la soledad se siente, y “Great Creation”, en la que la armónica abre el mundo entero y lo cierra, un sonido que evoca las praderas que nos hizo ver Neil Young, y la voz de Nacho Para y los coros de Paco del Cerro te llevan a algún lejano lugar dentro de ti, y la slide de Fernando Rubio es el agua que necesitas para el viaje en una canción que nunca se va, que se hace infinita en poco más de cinco minutos.

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Hay en el disco canciones desnudas, como “Rain or Shine”, interpretada en solitario, en la que Nacho Para pasea su voz por una melodía cosida con la levedad de los destellos, por una música que está en el aire y es su amiga. Es la fotografía del interior de la carpeta hecha canción: descalzo en casa, con su guitarra. En “Ain’t Got No Time”, a solas con Paco del Cerro, aparece el espíritu de los sesenta, el perdido sueño californiano, expresado en un verso de despedida, que es una invitación también: I’m leaving for the country, so are you.

Y hay también canciones en las que la huella de Bantastic Fand, la banda de Nacho Para y de muchos de los amigos que le acompañan en el disco, se deja ver vestida de domingo, con trompetas y trombones: “Drivin’ North”, en la que las luces de ciudad encierran la mística de marchar lejos de casa, ir, verlo todo, volver, hacerlo sonar, remolino de confusión del que emerge el color de la música, como ya hizo Dylan en 1966.

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O “Into the Light”, con ecos de Van Morrison, en el que Chencho Vilar labra surcos sutiles con el bajo, y la guitarra eléctrica de Iván Estefanía lleva de la oscuridad a la luz y hace el camino de regreso, porque este es un disco de contradicciones en el que no estás seguro de que nada conduzca a la luz, salvo la música. Por eso, porque se trata de encontrar la dirección en tiempos confusos, “Fog in the Air”, escondida en lo que sería la cara B de un vinilo, es quizá la canción clave para entender el conjunto, una balada a dos voces con Paloma del Cerro, cuya voz es una veladura que te reconforta, y que es la música de los momentos en que solo la música te salva.

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No lejos de ella, cuando ya el disco se dirige hacia el final, “Rowdy Boy” es la joya que recoges con manos temblorosas, hermana de tantas canciones que nos hablan de alguien que puede ganar o perder o las dos cosas a la vez. Podría haberla escrito Leon Russell o Dr. John, y en ella la voz de Nacho Para se arrastra, susurra, se levanta, Paco del Cerro pinta cielos con el acordeón, y al final el piano de Carlos Campoy se pierde en el final de la noche. Es la belleza que se nutre de verdad y honestidad, y que impregna todo el disco.

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