The Long Ryders en Copernico: los jinetes siguen volando alto

Siempre hay expectación cuando una banda arrastra consigo una historia que no necesita presentación. Más aún cuando sabemos que pueden quedar pocas ocasiones para verlos. Eso pasa con The Long Ryders cuando vienen a visitarnos. Su legado en nuestro país es mucho más que su música: nos lleva a ese momento en los 80 en el que empezamos a despertar al rock. Ese “nuevo rock americano” cuya definición se escribió desde las redacciones españolas. Por ello, esta gira era una de esas fechas marcadas en rojo en nuestra agenda.

Tras la introducción sonora con “Know Your Rights” de The Clash, “Final Wild Son” abrió la noche recordándonos que hay que disfrutar de estas canciones antes de que sea tarde. Allí estaba toda su esencia: las guitarras, con su cruce de electricidad y delicadeza, volvieron a ocupar su sitio natural. Y Sid Griffin, toda una eminencia —un tipo que hubiera merecido más suerte—, empezó a contarnos sus historias. Él siempre ha vivido como ha querido porque, como canta en “I Don’t Care What’s Right, I Don’t Care What’s Wrong”, siempre “prefiere ser el tonto que estar aferrado a reglas demasiado estrictas”. Otro clásico imperdible en sus conciertos.

Las canciones nuevas también tuvieron su hueco: “(How How How) How Do You Wanna Be Loved?”, “Ramona”, “A Belief in Birds”, “Seasons Change”… Son temas que resplandecen entre los clásicos y reafirman que la banda sigue viva. Aunque se vean poco y vivan separados por un océano, la amistad y el feeling siguen ahí. Así, las canciones de “High Noon Hymns” se asomaron al repertorio sin mirar atrás con nostalgia.

Hay una apuesta serena implícita en esta elección: lo vivido pesa, pero no detiene. Si, como nos dijo Sid, este es el capítulo final de la banda, se irán con un disco más que digno. Los dos discos anteriores, editados tras la reunión, tuvieron una presencia más anecdótica. La delicadísima “Seasons Change”, con ese aire inconfundible de The Byrds, suena a clásico. “Greenville”, por su parte, es una de esas canciones llenas de melodía marca de la casa. Pero, reconozcámoslo, muchos estaban allí para escuchar sus clásicos. Por eso, “Ivory Tower”, su colaboración con Gene Clark, fue recibida con entusiasmo. Le siguió “A Stitch in Time”, cantada por Murry Hammond.

El bajista habitual de Old 97’s está viviendo un sueño, como dijo sobre el escenario. Enorme instrumentista, ha sabido cubrir el vacío dejado por Tom Stevens. Su momento de gloria es una canción que tiene 40 años pero que sigue plenamente vigente: “Cada generación pensó que sería diferente, solo para terminar igual, porque el dinero grita mientras los ideales mueren”. Un momento de folk psicodélico absolutamente mágico, donde Stephen McCarthy demuestra una vez más que es uno de los mejores guitarristas de su generación. Como dijo Sid en la presentación, él fue “la respuesta americana a Johnny Marr”.

¿Qué decir de “I Want You Bad”? El modesto clásico de NRBQ es una de esas melodías que nos han acompañado toda la vida. Esa declaración de “no tengo otros planes que estar contigo” se puede aplicar a este momento en el que comprobamos que estamos ante una banda que supo mezclar el folk, el garage y el country cuando parecía que ya no interesaba a nadie. Ahí estaban ellos, reinventando la luminosa tradición que empieza en Dylan, sigue por The Byrds y Gram Parsons y acaba en esas carreteras secundarias donde el rock se volvió más humano, aunque el soft rock lo reblandeciera todo durante los 70. A pesar de que ya no están afincados allí, llevan L.A. en el corazón. Por eso no nos extrañó escuchar “A Hymn for the City of Angels”.

Hay algo en esa canción —y en muchas del nuevo disco— que habla de lugares que ya no existen del todo, o que solo existen en quienes los recuerdan. Los Ángeles como idea, como promesa, como entidad que te abraza pero también puede dejarte noqueado. La nostalgia nos invade, como le ocurrió a Sid Griffin cuando la escribió. “Down to the Well”, escrita por el tándem McCarthy/Sowders, suena ahora con nervio acelerado. Nos preparó, con su urgencia, para el asalto final de la noche. “I Had a Dream” volvió a la senda de sus clásicos, con esa mezcla de esperanza y resignación que impregna toda su obra: “Anoche tuve un sueño / nadie lloraba, nadie tenía miedo / todavía había algo de esperanza a la vista… eso fue anoche”. Aprovecharon para alargarla a su antojo con un duelo de guitarras para el recuerdo. Momento para presentar a la banda y atacar con el inmortal riff de “Gunslinger Man”.

Allí estaban quienes podrían ser considerados padres del americana si la historia se contara de la manera adecuada. Ellos fueron plantando semillas por toda América que hicieron germinar toda una escena. Uncle Tupelo se “countryficaron” tras verlos. Stephen McCarthy acabó tocando con The Jayhawks. Ahora, Murry Hammond (Old 97’s) es su emocionado bajista. La cuadratura del círculo ante nuestros ojos. El final ya fue toda una fiesta. “Greenville”, su mayor clásico post-reunión, sonó glorioso. “State of My Union” y nuestra favoritísima “Lights of Downtown” no necesitan presentación.

Son canciones que siempre han estado aquí y seguirán estando. Nos sobrevivirán a todos. Una gran manera de cerrar el concierto. Nos lo decía Sid en la entrevista que le hicimos hace unas semanas: esta es la belleza de la música popular. Durante unos breves minutos, puedes olvidarte de Donald Trump y de todos tus problemas económicos. Y The Long Ryders tienen un catálogo de canciones que significa mucho para muchísima gente. Los bises comenzaron con “Forever Young”. Con ella reivindicaban que tener 70 años no significa no ser joven de corazón. Físicamente tienes canas, pero sigues siendo joven. Y ellos lo siguen siendo.

Teniendo en cuenta que su árbol genealógico nos lleva al “abuelo” Dylan, ha sido una gran elección para este momento de su carrera. Momento de comunión ante una audiencia que, como ellos, se niega a crecer y cantó a grito pelado el himno del bardo de Duluth. También hubo tiempo para recordar que América no es Trump y que también nos ha regalado arte, como el de quien definieron como “el hombre más importante que ha nacido en USA”. Tras ella, la inevitable “Looking for Lewis and Clark”. Un regreso a la adolescencia, a esos momentos de descubrimiento vital sin mochilas que nunca vuelven. Avanzó como siempre: luminosa, abierta, con ese impulso inevitable que la convirtió en himno.

Una explosión final llena de colores que resume perfectamente el espíritu de una banda irrepetible. Por mi parte, este concierto consiguió hacerme olvidar el mal sabor de boca que dejaron en el fallido concierto que ofrecieron en una de las ediciones del Huercasa, donde no estuvieron a la altura de su leyenda. Ayer sí. No vinieron a vivir de la nostalgia y decidieron presentar sus nuevas canciones, que además encajan de maravilla en el repertorio. Sid estuvo, como siempre, muy simpático, bromeando incluso con la necesidad de llevar las letras escritas a sus pies. Bailó, nos hizo cantar, hizo gala de su peculiar sentido del humor… Los jinetes siguen cabalgando; esperemos que por mucho tiempo.

Fotos Isabela Roldán.

Escrito por
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