School’s out en Vitoria: la rebelión del Azkena Rock Festival

Hay siempre un Azkena que excede las polémicas, pero que, en algún punto, las engloba y las justifica, por su naturaleza proclive al exceso y al absurdo. Una ciudad como Vitoria-Gasteiz que de tarde, se prepara para vivir, y que de noche estalla en Mendizabala, con su mística, su lluvia y sus pequeñas anécdotas que sólo pueden ser cocinadas y digeridas aquí. Podría asegurarse que el Azkena Rock Festival empieza cuando todos creen que debería terminar.

En la Divina Comedia, Dante situó el infierno encajado en nueve círculos bien diferenciados, donde el calor variaba en función del nivel en el que te encontraras. Al contrario de lo que se pueda pensar, Alighieri incluyó la paradoja de que cuanto más abajo caías en los círculos, más te alejabas de Dios, y por lo tanto más frío hacía, así que podríamos concluir que en la vigésimo cuarta edición del Azkena Rock Festival 2026 nos encontrábamos en algunos de los círculos superiores. Los que tuvieron más suerte, flirtearon con el segundo, donde la lujuria es la protagonista, y ahí el calor, por muy abrasador que sea, quizás no importe… el resto de mortales transitamos durante el fin de semana por círculos interiores rodeados de herejes y soportando momentos de lluvia y fuego que atormentaban al respetable pecador, que no dudó en macerarse en cerveza, a precio de etiqueta azul, y acercarse a algunos de los dioses (Cooper, Ness, May, Isbell, etc.) que en esta edición visitaron los escenarios de la obligada cita de Vitoria-Gasteiz.

Círculos dantescos aparte, una cosa queda siempre clara cuando llega el mes de junio, y es que independientemente de lo larga que sea la ruta, de lo sinuosa que sea la carretera, de si el tiempo amenaza lluvia o si el calor te abrasa tanto en el Trashville como en la Virgen Blanca, todos los caminos conducen a Mendizabala.

Un Azkena más que nos dejará un buen puñado de momentos para el recuerdo. Una edición con cierta apertura de miras hacia algunos sonidos no tan clásicos que pueden dar pistas sobre el futuro del festival, pese a que el experimento de Carpenter Brut y Sleaford Mods generó no pocas divisiones de opinión. Sus propuestas nos interesaban bastante poco, por lo que una parte de nuestro equipo no les prestó mayor atención, ya que siempre hubo alternativas más interesantes en otros escenarios. Pero esa es una de las virtudes del Azkena: que siempre encuentras algo interesante que ver a cualquier franja horaria.

En general la sensación del festival es la de un muy alto nivel sobre las tablas, si bien el escenario principal adoleció de falta de potencia sonora en ciertas actuaciones, lo que lastró la experiencia si no estabas suficientemente cerca. Un recinto algo más desnudo que en ocasiones anteriores, con algo menos de atención al detalle y al público. No son pocas las quejas en relación a las zonas de descanso y protección frente a las tormentas y olas de calor entre los asistentes, además de la escasa oferta gastronómica y los excesivos precios en barras, aunque la atención suele ser excelente por parte del personal. Destacar también la excelente dotación de aseos, en número y limpieza.

JUEVES 18 junio 2026:

La primera jornada dejó un muy buen sabor de boca, y no faltaron los motivos para afirmarlo. En primer lugar, la afluencia fue la más grande que recordamos en años para tratarse de la toma de contacto del jueves. Una cosa interesante que debemos pasar por el alto es que casi no hubo solapes, y esto hizo que los escenarios principales contaran con prácticamente el mismo público.

En la primera jornada del Azkena Rock Festival, los guipuzcoanos Nhil abrieron el festival en el predio de Mendizalaba en una fiesta con su propuesta pop soul y funk refinado, donde la música quería ser el centro del festejo.

Le seguiría Robert Finley arrancó su concierto en el escenario principal con su excelente voz cargada de vida y tradición de Louisiana, quizás acompañado por una banda algo impersonal, pero que sirvió como buen inicio para calentar motores y con quien mantuvimos una interesante charla y entrevista por fuera de los camerinos.

ENTREVISTA A ROBERT FINLEY

La música para nosotros se describe mejor como esa combinación de soul, blues y rock & roll. Además, nos da una idea de cómo es la vida en cualquier campo de cereales de Luisiana. Llegó el turno de uno de los hombres más afortunados en los últimos años, a pesar de la desgracia. No hay mal que por bien no venga y quedarse ciego con 60 años le obligó a dejar la carpintería y dedicarse a cantar.

Algo que había hecho de manera amateur a lo largo de los años, tanto cuando estuvo en el ejército como cuando estuvo rodeado de sierras. Sin duda, Robert es un hombre feliz. Después de décadas viviendo en un pueblo perdido de Louisiana, ahora viaja por todo el mundo y graba en un sello importante. Eso hace que la banda que le acompaña sea de campanillas.

El cantante de Luisiana dejó patente porqué en los últimos años se ha convertido en un auténtico referente dentro del panorama del blues. Al término de su actuación tuvimos la oportunidad de entrevistarle, y en sus palabras se desprende mucho de la filosofía que se desprende de sus canciones, ‘los ganadores no se rinden, y los que se rinden, no ganan’. Finley es el ejemplo de que nunca es tarde, no se rindan.

El trío de neerlandeses DeWolff, esta vez con coristas, condensó en apenas 50 minutos lo que habitualmente son sus extensos shows, sin renunciar a lo que los hace únicos: esa perfecta combinación de blues, soul y aires 70s, con una “Rosita” de 20 minutos para terminar y un Pablo van de Poel dándose un baño de multitudes cantando entre el público.

¿Qué más se puede decir de Dewolff a estas alturas? No pocas veces nos han visitado en los últimos años, y en cada una de ellas han desprendido olor a azufre desde las tablas, el público lo percibe y enloquece, justo en ese orden. Dotados de un talento inagotable, su música se ha ido suavizando en comparación con ese sonido más crudo de sus primeras apariciones. Con eso y con todo, fantásticos.

De esas cosas especiales que suele regalarnos el Azkena: este año nos brindaba el retorno de Imelda May al rockabilly (el género que la encumbró) en una actuación casi única junto a Darrell Higham.

Imelda May es una artista única, eso ya lo sabíamos, pero a pesar de ello uno no se cansa de verla flotar por un escenario que es absolutamente suyo desde que hace entrada con ese look vampiresco, riguroso y elegante negro y gafas oscuras que no pueden ocultar una mirada decidida y segura de alguien que sabe lo que se hace. Conciertazo y apuesta siempre segura. Su actuación, que venía con el anuncio de contar con su exmarido y guitarrista Darrel Higham, hizo que este quedara en un cuarto o quinto plano, pura clase Imelda.

Si bien el comienzo del show fue algo dubitativo, quizás por el tiempo que llevaba sin revisitar aquellos años, fue creciendo a cada minuto que pasaba. “Wild Woman” o “Love Tattoo” fueron muy celebradas, mientras que el sentido homenaje a Jeff Beck, amigo personal de Imelda, resultó emocionante, y las revisiones de “Train Kept a Rollin'” y “Tainted Love” sirvieron para terminar bien arriba.

Nuestra siguiente estación era el escenario Respect, para ver a Corrosion of Conformity. La veterana banda de Carolina del Norte ha sufrido numerosos altibajos a los largo de su trayectoria que ya dura más de cuatro décadas. Su último lanzamiento, Good God Baad Man, demuestran que están más vivos que nunca, y en sus últimas paradas en nuestro país han dejado una huella imborrable.  

Sin sorpresas, solo los esperados riffs pesados ​​y contundentes con un ritmo contagioso, ahí estaban Corrosion of Conformity con Pepper Keenan y compañía salieron fuertes al escenario. Dos tipos que son auténticos guerreros de la carretera, y les encanta. Se les nota en la cara. Se les nota en la pintura desconchada de sus guitarras.

Los norteamericanos vinieron a presentar su último trabajo “Good God/Baad Man” que como un disco de heavy rock estelar, casi inigualable, de artistas que dominan su oficio a la perfección. Desplegaron una fuerza, contundencia y seguridad, que consiguió aplastar a los presentes. Viendo las caras de los asistentes quedó patente que este estilo de hard rock funciona, muchos no los conocían, ahora no los olvidarán. Sus cuatro músicos están en la cima de su carrera, y ni una sola nota suena forzada o sin inspiración.Una noche de calidad con la garantía de dolor de cuello al día siguiente.

Los suecos The Hives arrasaron el escenario God, literalmente. Hubo algunos que encontraron excesiva la cháchara de Pelle Almqvist, su vocalista. No fue para tanto, y controversias aparte, este ha sido uno de los shows más notables de la presente edición, con un público entregado y una puesta en escena arrolladora.

The Hives son muy buenos en lo suyo. Su problema es que lo suyo queda diluido entre los monólogos de su frontman, que parece querer dividir su carrera entre lo musical y un stand up comedy show. Un repertorio imbatible en su género (¿acaso no es irresistible “Hate to Say I Told You So”?) que queda diluido por las constantes interrupciones para la chanza.

Eso sí, caló entre los asistentes el término “azkenitos”, que se escuchó ya durante todo el fin de semana.

Lo de The Adicts en el Azkena Rock Festival no fue solo un concierto, fue una celebración. Una de esas noches donde el punk se transforma en carnaval, donde la nostalgia se mezcla con la vigencia y donde queda claro que, despedida o no, hay bandas que simplemente no saben, ni quieren decir adiós.

Hablar de The Adicts es sumergirse en una de las propuestas más teatrales, irreverentes y reconocibles del punk británico. Formados a fines de los 70, en plena efervescencia del género, lograron construir una identidad única inspirada en la estética de La naranja mecánica, combinando coros pegajosos, actitud callejera y un espectáculo visual que los ha mantenido vigentes durante décadas. Lo que parecía una despedida definitiva con su gira “Adiós amigos”, terminó convirtiéndose en una especie de reencuentro necesario con el público en Mendizabala. Y así, la noche del 18 de junio en Vitoria, la historia sumó un nuevo capítulo.

Keith Warren, nuestro Joker favorito y maestro de ceremonias de la formación, dieron un auténtico show de rock and roll sin cortapisas acompañado del confeti de las grandes ocasiones. Un cierre de primera jornada que dejaba el listón muy alto.

En el Trashville, el Captain Trasho encendió el fuego en su primera jornada dejando entrever lo que se nos venía encima con Radioactivas, The Concrete Boys, Les Robots y Ángel y Cristo donde las canciones allí mismo terminarían por unir a la multitud en una sola voz. Sus historias se convertirían en nuestros dolores y miedos, tomando nuestras gargantas en medio de hastío de la vida moderna. Éramos centenas en compañía compartiendo algo más que un momento.

 

Cabezas cortadas y trajes luminosos en el Azkena Rock Festival

Un año más acudimos a una de las citas más esperadas del año, cómo no… El Azkena Rock Festival donde siempre vas a salir satisfecho habiendo podido disfrutar o bien de tus grupos favoritos o bien descubrir nuevos grupos favoritos.

Este año, no tenía muy claro de qué era lo que me atraía más… Quizás fueran los Hives, a quienes nunca había visto en directo y tenía muchas ganas de ver.

Definitivamente su actuación es incendiaria y genera una conexión que se hace permanente con el público. Enough is enough, single de su último disco (“The Hives Forever Forever The Hives“) marcó un explosivo arranque. El concierto fue una descarga masiva de decibelios, tanto que ya asustaba ver en primera línea algo que hasta ahora no había visto sobre un escenario: un amplificador Ampeg de bajo del doble del tamaño de una nevera con dos cabezales encima… Me hizo temer por la salud de mis tímpanos… Los suecos, con el imparable Pelle Almqvist sin dejar de saltar de un lado a otro y de darse algún que otro baño de masas bajándose a cantar entre el público rescataron muchos de sus himnos más explosivos como Main offender, que parece recoger el legado de los Sonics, o su Tick Tick Boom. Entre canción y canción, Pelle no dejaba de dirigirse al público casi casi de forma personalizada. Salimos todos de allí incorporando los conceptos “asquenitos y asquenitas” que no dejaba de mencionar Pelle. El final del concierto, nos dejó por todo lo alto repitiendo hasta el infinito como un mantra “The Hives forever forever the Hives”.

Uno de los grandes descubrimientos del fin de semana fue el de Old Crow Medicine Show, quienes en realidad son ampliamente conocidos en el circuito del country y que, a base de brincos, violines, contrabajos, banjos y el sonido del pedal steel guitar hicieron saltar y vibrar a un público entregadísimo. Los de Nashville, divertidísimos, con Jay Ketcham Miller Secor al frente, hicieron brillar la música americana de raíces en el escenario del Azkena.

Su repertorio incluía varias versiones de los Crickets, de Merle Haggard, de Hank Williams y otros temas tradicionales como Tell it to me o Hard to love. La sorpresa llegó al final cuando el público insistió tan vehementemente otro bis que sacaron a relucir una fantástica e inesperada versión del For what it’s worth de Buffalo Springfield.

Uno de los platos fuertes del festival este año fue Alice Cooper. El de Detroit, pese a sus 78 añazos demostró estar en buenísima forma. Su directo rescata elementos propios de la parafernalia rococó que tan de moda estuvo en los ochenta… Un espectáculo que ahondaba en lo teatral, lo barroco, lo tétrico… Todo medido al milímetro, fantástico.

Confieso que tengo debilidad (no creo que sea la única en ello) por los comienzos de los conciertos, y éste fue sin lugar a dudas el más espectacular de esta edición del Azkena. La aparición de Alice Cooper derribando un muro gigante y mostrándose como la gran estrella que es, con su característico maquillaje alrededor de los ojos, llevando un sombrero de copa y empuñando una espada como si de un poeta romántico del siglo XVIII se tratase (salvo por lo del maquillaje gore, claro) y sonando Who do you think we are… Los ochenta en todo su esplendor. ¡Bueno! Con matices, porque los avances de los dosmiles se sentían también; como por ejemplo en los efectos para la voz tan excesivos que utilizó Vincent Damon Furnier y que dejaron alguna duda acerca de si en ocasiones podría tratarse o no de un playback.

Sea como sea, el espectáculo fue supremo, con canciones clásicas como Feed my Frankenstein, con una marioneta gigante de un Frankenstein paseándose por el escenario, o como I’m eighteen, que de aquí a dos años podrá cantar reduciendo una “ene” y quedarse en “eighty” que será ya su edad.

Un show plagado de artificios: lo más espectacular por supuesto, una guillotina y la cabeza cortada de Alice Cooper que fue exhibida por todo lo alto. Sonaron todos los clásicos, Poison… School’s out… con un elenco de músicos que desplegaban su virtuosismo en los momentos en los que Alice Cooper, como buen director de orquesta, les indicaba.

La sorpresa final fue una celebradísima versión del Smells like teen spirit de Nirvana, mucho más cruda, quitando todos los efectos en la voz, con energía y habiendo finalizado esa especie de ópera rock que pergeñó el de Detroit.

Muchos más conciertos fueron estupendos, Temperance Movement, Superchunk… Y un largo etcétera… Y muchos que se me quedaron pendientes por ver… Ya encontraré la ocasión de resarcirme.

Isabela Roldán

 
     

 

VIERNES 19 junio 2026:

Bywater Call desafiaron a la ola de calor con su concierto de mediodía en la Virgen Blanca, con su perfecta combinación de blues y soul con aires de NOLA. Aprovecharon para presentar algunos temas nuevos junto a alguno de sus habituales. El derroche vocal de Meghan Parnell y la sensibilidad a la guitarra de Dave Barnes, junto a la sección de vientos, dieron aire fresco a un público que aguantaba estoico bajo la solana.

La tormenta de primera hora retrasó y acortó el concierto de los canadienses The Damn Truth. Pero esto potenció la intensidad de su actuación, dejando a todos los allí congregados con ganas de mucho más. “All Night Long” o “This Is Who We Are Now” quedaron como momentos para recordar.

Alguien los definió alguna vez como una revisión de Led Zeppelin con Janis Joplin a la voz, pero su propuesta no se limita a un mero ejercicio de revival, sino que actualizan acertadamente lo mejor del rock de los 70s hipervitaminado. Seguro que un buen puñado de asistentes que no los conocían están deseando ya una gira por salas para poder disfrutar de su show al completo. Triunfadores.

Los Del Fuegos ofrecieron en el Azkena un irresistible cóctel de melodías y riffs irresistibles sin florituras con toques rockabilly. Su misión en Mendizabala: dar a conocer al público punk desde Boston mezclado con esas bondades del rock and roll clásico. Al final aquello acabó siendo una fiesta.

La banda de Boston, sin duda son una de las mejores puntas de lanza del “Nuevo Rock Americano” que sacudió los cimientos de la música USA en los 80´s, se separó en 1989 y solo se reúnen en ocasiones muy, muy puntuales, llevando más de tres décadas sin pisar Europa. El año pasado estuvieron por Badalona, el sábado en Vitoria y para noviembre han anunciado una gira por nuestro país The Del Fuegos.

Los Enemigos ofrecieron, en su retorno a los escenarios, un recital de rocoso rock madrileño, recuperando uno tras otro sus himnos ya atemporales, además del adelanto de “Canciones Chulas”, que ni la lluvia, que iba a más, consiguió deslucir. Celebramos su vuelta a tan alto nivel y estaremos atentos a su nueva vida. Josele Santiago luce en mejor forma que (casi) nunca.

Old Crow Medicine Show o lo que es lo mismo, OCMS firmaron otro de esos conciertos que quedan para la historia del festival. En su primera visita a la península ofrecieron un enérgico despliegue de bluegrass y una lección magistral de toda la música vaquera.

El final con “Wagon Wheel”, con invitación a los Bridge City Sinners a cantar con ellos, fue una celebración por todo lo alto y el colofón de otro recuerdo imborrable.

Inolvidables Old Crow Medicine Show, inolvidables el viernes en el Azkena Rock Festival ARF ofreciendo un repertorio que sonó atemporal y fresco a la vez, combinando sus canciones originales con versiones que hicieron bailar, cantar y aplaudir a todo el público, como siempre con su particular guiño a la música folk y bluegrass estadounidense donde se podía sentir cómo la alegría y la energía del público crecían a medida que avanzaba la tarde-noche, una prueba irrefutable de la capacidad de la banda para transformar una canción clásica en algo único y personal y donde todos los miembros son multiinstrumentistas, lo que crea una cautivadora sucesión de integrantes que se mueven con fluidez entre violines, banjos, mandolinas, guitarras (acústicas, eléctricas y resonantes), armónicas, acordeón, e incluso se turnan en los teclados y la batería. La mayoría también canta como vocalista principal, y todos hacen coros y armonías. Impresionante. Gracias Azkena, José Luis Carnes y Manolo Fernández.

Otro concierto al cual estuvimos expectantes fue el de los estadounidenses de Hermosa Beach (California), Circle Jerks. Banda de culto de referencia dentro de la escena hardcore punk. Cuando llega una banda con esta leyenda a un festival siempre hay dudas, no sabes si van de relleno, si se les han invitado porque simplemente pasaban cerca, o si en definitiva van a estar a la altura.

Pero con Circle Jerks, estas nubes se disiparon desde el primer acorde, contundencia, vehemencia y brutal actuación, haciendo olvidar eso de que cualquier tiempo fue mejor y mostrándose poderosos en su trabajo. Es de agradecer que estas bandas se lo tomen así de en serio, y no como algunos, con origen y popularidad incluso mayor, que en pasadas ediciones hicieron el más absoluto, e irrespetuosos de los ridículos, con el respetable y con su propio legado. Trepidantes los Circle Jerks.

El regreso, 30 años después, de Sugar fue la ocasión perfecta para acercar a Bob Mould a Mendizabala. Un inicio de concierto con tres de sus más grandes himnos, como “The Act We Act”, “A Good Idea” y “Changes”, puso el listón muy alto, lo que quizás lastró algo la parte central del bolo.

El final con “If I Can’t Change Your Mind” fue ampliamente celebrado, y se veía a Bob muy emocionado, golpeándose el pecho. Confiamos en ver al bueno de Bob más veces por aquí, y seguiremos soñando con un regreso de Hüsker Dü…

El solape de The Temperance Movement con Tropical Fuck Storm fue uno de esos dolorosos y difíciles de elegir. Mientras los primeros desplegaron un derroche de rock sureño y una portentosa voz, los australianos, con su hibridación de postpunk y psicodelia, confirmaron que son una de las bandas del momento. Ambas bandas de lo mejor del festival.

El colofón de la noche, con el cabeza de cartel de la jornada a cargo de Alice Cooper, no impidió que algunos fuéramos a ver a los Dwarves en el Trashville, maravillas de su bolo que ya contaremos. Cooper, por su parte, desplegó todo su habitual circo de los horrores recorriendo una trayectoria a la que se pueden poner pocos peros.

Un show perfectamente engrasado, quizás hasta en exceso, sin margen para desviarse del guion establecido, pero con una profesionalidad y un saber hacer encomiables. Parece que los años no pasan por la garganta de Alice, que defendió sorprendentemente bien su exigente cancionero.

Un icono siniestro del rock clásico vodevilesco desde que maldijo el verano del amor en 1967, el barón espectral de los vampiros de Hollywood, Alice Cooper, se proyectó astralmente desde un asombroso tomo encontrado en el ático de Alice para ofrecer aún más de lo mejor por venir durante una hora y algo más, una montaña rusa vertiginosa de surrealismo musical y un gran espectáculo sangriento. Alice presentó en el Azkena por segunda vez una nueva pesadilla teatral para este renegado del shock rock, que engañará y deleitará a la enorme multitud con su forma de malicia.

Lo que empezó con un popurrí vagamente conectado que comenzó con “Hello, Hooray” y ya respetaba los temas menos conocidos a través de una versión abreviada de “Who Do You Think We Are”, preparando el terreno para una lista de canciones de swing oscuro de los noventa, hard rock al estilo de los ochenta y un diluvio de diamantes sucios de los setenta, unidos por ese carisma patentado de Cooper.

The Dwarves con Blag Dahlia y Nick Oliveri pusieron patas arriba el Trashville. Se puede decir que la mayoría de las canciones de The Dwarves tratan, de alguna manera, sobre sexo, drogas y/o lo geniales que son The Dwarves. Lo aterrador es que en el Trashville lo demostraron con creces. The Dwarves llegaronn armados con un repertorio que incluía lo mejor de un catálogo excepcional: “Dominator , Let’s Fuck , Everybody’s Girl , Free Cocaine, Better Be Women… con un público completamente emborrachado, casi desnudo, causando tanto caos como la banda. Sin Los Ramones y Los Cramps, es en esos zapatos sucios donde The Dwarves han pisado.

No basta con haber existido desde siempre, se necesita algo más especial, una cierta arrogancia que solo se consigue con la música adecuada. Nadie hace mejor el punk rock sucio y con toques pop que The Dwarves, desde la crudeza de You Gotta Burn y Like You Want hasta los ataques abrasadores de Way Out y Pimp. En en Azekana, The Dwarves fueron nuestros Ramones, nuestros Cramps, nuestra banda clásica que nunca se aprecia del todo hasta que desaparece. ¡Auténticos!

SÁBADO 20 junio 2026:

Bajo un sol abrasador, Vandoliers ofrecieron otro enérgico concierto de su countrypunk. Un show sin su otrora trompetista/teclista, que dotaba de un color especial a su sonido, pero que ha sido perfectamente reemplazado por la labor del fiddle de Travis Curry y el tremendo carisma de Jenni Rose. La felicidad que transmitía el rostro de la frontwoman de los de Texas defendiendo su cancionero, y viendo la respuesta del público, resultó tremendamente emocionante. “Endless Summer”, “Bless Your Drunken Heart”, “Every Saturday Night” o “Together We Will Sink or Swim” generaron no pocos bailes pese al calor. Ya se ha hablado mucho de los cambios en la vida de Jenni y en la formación de la banda, pero esperamos seguir disfrutando de esta banda tan especial durante mucho tiempo.

Bridge City Sinners, con su particular mezcla de bluegrass, southern gothic e imaginería siniestra, puso el Trashville patas arriba. El colectivo de Portland convirtió su folk gótico y bluegrass oscuro en una de las descargas más viscerales, salvajes y sudorosas de la edición. El grupo demostró que no necesita amplificadores colosales para sonar peligroso: su banjo desbocado, violín y contrabajo sonaron con una agresividad puramente punk. Al frente, una magnética Libby Lux devoró el escenario con su característica actitud entre lo dulce y lo gutural, guiando a la carpa en un ritual apocalíptico del que Mendizabala salió exhausta, empapada y completamente poseída.

Social Distortion son otra de las bandas de nuestras vidas, así que puede que no seamos muy objetivos, pero parecen rejuvenecidos. El cáncer que sufrió Mike Ness hace unos años parece ya totalmente superado, y su excelente último disco, “Born to Kill” —que hemos esperado durante quince largos años—, ha insuflado un nuevo aire a la banda. Si bien en las primeras filas (entre las que me encontraba) el sonido fue potente y nítido tras un ajuste al comienzo del show, en zonas más alejadas la queja generalizada fue la falta de potencia.

Ofrecieron un repertorio en el que se rescataron algunos temas poco frecuentes y ampliamente celebrados, como “Untitled” o “Through These Eyes”. Mención especial para “The Way Things Were”, tremendamente emocional en su letra y de una ejecución de lo más intensa. Un final de set cargado, esta vez, de grandes himnos de la banda, y prescindiendo por completo de versiones, hizo que aquello terminase por todo lo alto enlazando “Reach for the Sky”, “Dear Lover” y “Don’t Drag Me Down”. Legendarios.

La dúo aragonés Lady Banana formado por Nerea Bueno (voz y guitarra) y Alba Villarig (batería) dejaron su sello en el escenario de la Salve. La trayectoria y lucha a codazos por labrarse un hueco se vio recompensada con la respuesta de un público al que no dejaron respiro a lo largo de su actuación. A buen seguro no será la última vez que hablemos de ellas, si pasan por tu ciudad, no te las pierdas.

En lo musical, Jason Isbell & the 400 Unit sale como el gran ganador de esta edición, en la que demostró por qué es uno de los más grandes artistas de la música americana actual. Un concierto cargado de intensidad emocional en el que hubo tiempo tanto para revisar algunos de sus clásicos más antiguos como para tocar algunas de sus canciones más recientes. A destacar el desarrollo de “King of Oklahoma”, con un duelo de guitarras junto a Will Johnson que recordó a la tradición de los Allman Brothers, la emoción de “If We Were Vampires” o el desgarro de “Cover Me Up”, que provocaron no pocas lágrimas entre los asistentes. “Decoration Day” y “Danko/Manuel”, de sus años en Drive-By Truckers, fueron ampliamente celebradas, mientras que los temas rescatados de su excelente último disco “Foxes in the Snow”, revisados hacia aires más country y honky tonk al ser llevados al directo con banda completa, aportaron nuevos himnos a su ya dilatado historial.

Éstas últimas dos décadas han sido bastante vertiginosas para la Americana desde que un tipo llamado Jason Isbell empezará a tocar melodías gloriosas en Drive-By Truckers, aunque el sonido de Isbell es simplemente demasiado grande como para encasillarla en una etiqueta de género tan simplista.

Desde autores icónicos como Sturgill Simpson, Chris Stapleton o Margo Price, hasta jóvenes promesas y realidades ya como Tyler Childers y Zach Bryan, Isbell ha establecido un modelo desde 2013 con el portentoso “Southeastern”, álbum de country rock vanguardista e innovador, con una clara influencia tanto de REM, The Byrds como de Cash y Nelson.

A pesar de haber sentado las bases de un modelo refinado e icónico con ese LP lo catapultase al panteón, Isbell ha dedicado los siguientes 13 años a una prolífica actividad y a no transigir, llevando su sonido a nuevas y audaces fronteras que nunca defraudan. Aquí un pequeño ejemplo de lo vivido este pasado sábado.

Qué grandes nuestros adorados Sadler Vaden , un extraordinario contrapunto para Isbell, con quien intercambió melodías gloriosas que equilibraron magistralmente el virtuosismo con un profundo respeto por la melodía y la potencia, además de una buena dosis de rivalidad; más una competencia amistosa que una lucha encarnizada, pero un auténtico festín para los oídos y otro grande, Will Johnson quien casi de espectador alternaba brillantemente entre la tercera guitarra y una segunda batería.

Es una reivindicación histórica del asistente medio del festival que algún año actúe allí Neil Young, pues si un artista actual puede ofrecer algo parecido a lo que el canadiense y sus Crazy Horse hicieron en sus mejores años, ese es Jason Isbell. Un concierto que gozó del mejor sonido de esta edición y que podemos encuadrar fácilmente entre los mejores no solo de esta edición, sino de la historia del festival. Ojalá su próxima visita a nuestras tierras no se dilate otros 18 años.

A lo largo de los años, los norirlandeses Therapy? ha logrado complacer a todos sin dejar de ser fieles a sí mismos. Son la única banda que ha pisado los escenarios de los festivales más importantes del planeta, tanto de metal extremo como de rock clásico. Al no tener reparos en ofrecer su música dondequiera que alguien los escuchara, han logrado desafiar a los guardianes de la industria y forjar una carrera que trasciende cualquier género. Son la prueba irrefutable de que las buenas canciones y una actitud positiva lo superan todo.

La energía de Therapy? fue contagiosa en el Azkena, las canciones son justo lo que necesitábamos y la liberación que transmitieron al público fue la razón por la que volveremos una y otra vez a este tipo de terapia. Ya afuera del recinto, todavía parecía quedar el eco de los graves de sus últimas canciones, como si el set no hubiese terminado del todo.

Y se acabó esta nueva edición del Azkena, y ya esperamos con los dientes largos lo que será la efeméride de su primer cuarto de siglo en 2027. Las cartas están sobre la mesa, y entre el público pudimos palpar que las expectativas son altísimas con respecto al cartel. Nosotros también tenemos expectativas, y no solo en cuanto al cartel, ya se sabe que al Azkena se va y punto, y también hemos descubierto con agrado que en esta edición ha habido más coherencia y esfuerzo por parte de la organización para que el cartel se acerque a lo que, a nuestro juicio, debe ser el ARF. Sin embargo, hay otras cosas que entendemos también se deben estudiar, y esta reflexión no va solo a título editorial de Dirty Rock Magazine, no somos tan pretenciosos, la hacemos porque tenemos la fea costumbre de preguntar a los asistentes y pulsar el sentir de los azkeneros, o azkenitos que diría Almqvist.

La mayoría de las quejas han ido enfocadas a los precios de las consumiciones, y es cierto que el aumento con respecto a ediciones anteriores se ha hecho notar, esto podría conllevar que los que no suelen colar bebida, en futuras ediciones terminen haciéndolo en masa. La comida, tres cuartos de lo mismo, nosotros no comimos (y en este caso no podemos opinar) pero por lo visto la mayor queja no solo va en torno a los precios, sino en la calidad de la misma. Hay que agradecer que la organización provea, hasta fin de existencias, de chubasqueros a los asistentes pero se echa en falta zonas de refugio. Si el refugio es el Trashville, mal asunto, porque como cantaba la gran Celia Cruz, ‘no hay cama pá tanta gente’.

Hablando del Trashville, durante el festival hicimos una reflexión acerca del mismo en redes sociales que tuvo respuesta. Algunos compartían nuestra opinión, otros no. Y eso está estupendo, de la diversidad de ideas se aprende, y se avanza. El Trashville representa uno de nuestros lugares favoritos de siempre. Es casi una visita obligada. Hemos sido testigos de un control de acceso al recinto deficiente, y con esto no queremos cargar las tintas con las personas que se ocupan de hacerlo ya que no es tarea fácil.

Colas kilométricas, y llenazo por encima del aforo en actuaciones puntuales (decir que el recinto está por encima del aforo puede sonar a acusación grave, es una sensación, no contamos con un dispositivo de contador de personas), gente que se cuela por la salida (esto sí lo hemos visto y mucho), etcétera, y todo esto, en días de calor como los que hemos sufrido convierten al Trashville en el séptimo círculo de la Divina Comedia de Dante.

El círculo más caluroso, el cual acoge ni más ni menos que al Flegetonte, río de sangre y fuego hirviente que puede abrasar a los pecadores que allí nos damos cita. Vale, es solo una metáfora como otra cualquiera, pero hemos visto a mucha gente disfrutar, y otras personas sufrir, y mucho, en medio de un ambiente irrespirable. Se pueden hacer cosas, a buen seguro que sí, la organización nos consta que incluso en esta última edición ha tomado algunas medidas, quizás en el futuro deban surgir otras.

El Azkena Rock Festival, una fiesta para los pies en tiempos aburridos con tanto “iluminado” en sepultar la cara más colorista de un estilo que una vez fue juvenil. El próximo año se celebrará la 25ª edición del festival. Last Tour ha prometido que será una edición especial. Allí estaremos para dar buena cuenta de ello, porque al Azkena se va y punto.

Nosotros mientras tanto pondremos en marcha el contador en la pared, a la espera del ascenso al Empíreo, la morada de Dios y el punto más alto del Paraíso, siguiendo los pasos de las baldosas que, en junio de 2027, nos hagan regresar a Mendizabala. ¡Larga vida al Azkena!, ¡Viva el Azkena!

Si quieres leer la crónica de la pasada edición del Azkena Rock Festival 20125, clica en éste párrafo y enlace.

Azkena Rockin’ in the Free World

Texto Carlos Pérez Báez, Patricio González Machín, Nacho Cordero e Isabela Roldán. Fotos Mario Olmos, Patricio Glez Machín y Paula Rodríguez. Vídeos Carlos Pérez Báez, Paula Rodríguez, Komando Gáldar y Nacho Cordero.

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