Huercasa Country Festival 2026

Fieles a nuestra cita, volvimos un año más al Huercasa Country Festival. Un evento muy especial por su ambiente y su excelente selección musical. Tras unos primeros años ambiciosos, el camino seguido últimamente es más austero. No es algo malo, en USA hay grandes bandas anónimas y no tan anónimas haciendo grandes canciones. Varias de ellas estaban en el cartel. Un cartel muy equilibrado y lleno de propuestas diferentes.

Además, destacar las actividades paralelas. El espacio Pioneertown presentó este año una propuesta inspirada en las ferias del Oeste para el público infantil. La zona Huercasa, con degustación y venta de productos, ya es un clásico. La colaboración con La Vereda, restaurante de Riaza, reforzó este año la oferta gastronómica. El mercadillo, los puntos de comida y las zonas de descanso completaron un recinto muy acogedor. Además, varias colaboraciones con marcas. Carhartt estuvo presente con su propia zona y diferentes acciones vinculadas al universo del festival. Weber y Okappi formaron parte de la propuesta gastronómica y de barbacoa. 24 ICE llevó sus cócteles helados al recinto. De Kuyper reforzó la coctelería. Flügel estuvo presente con sus bebidas y Protos contó con el Escenario Protos en la Plaza Mayor y con puntos de degustación de vino tanto en Las Delicias como en la plaza.
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VIERNES

El festival se abrió con Suso Díaz & The Appaloosas. Uno de los artistas que mejor han entendido la americana en este país. Así, era de justicia que tuvieran un hueco en este festival. La banda gaditana presentó “Embers”. Un trabajo más eléctrico, crudo y narrativo dentro de una trayectoria que sigue en pleno ascenso. Los madrugadores suelen tener premio, porque en el escenario Harvest siempre se presentan propuestas excelentes.

Como la de The Ripples, que presentaban su debut “One Hell Of a Ride”. Entre el pop californiano y el pop británico -han grabado en Abbey Road-, los mallorquines demostraron un saber hacer exquisito. Unas canciones contagiosas -y alguna versión de postín como “The Weight”– y un entusiasmo nada impostado elevaron el ambiente ante un público que, poco a poco, iba llegando a Riaza.

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Ya en el escenario principal, Juana Everett culminaba un sueño que nació cuando visitaba el festival como público en las primeras ediciones. Presentando su reciente disco “Past Lives In California”, demostró todo lo aprendido en su oficio tras casi una década viviendo en la costa oeste. Fascinada por su música y su naturaleza, la influencia californiana está en cada una de sus canciones. Quizás no era el mejor horario para resaltar la intimidad de unas canciones muy bien construidas, pero Juana demostró que en España tenemos americana de alto nivel, reivindicando el trono que ha dejado vacante Nat Simons tras pasarse al rock.

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Crowe Boys pusieron la nota más folk del festival. Los dos hermanos, crecidos en la carretera en una familia de músicos, presentaron unas canciones que exploran los límites entre la música country y los sonidos de Nueva Orleans. Empezaron haciendo indie punk, pero el folk les enamoró y cambiaron su dirección. Con Ocie en la guitarra acústica y Wes en la mandolina, los hermanos saben construir himnos de resiliencia que comparten con un público necesitado de ellos.  Hijos de un predicador, perdieron a su madre de niños por culpa de un cáncer y siempre se han apoyado mutuamente para salir adelante.

Uno de los momentos más especiales del viernes fue escuchar “Where Did I Go Wrong”. Es la canción que se viralizó poniéndolos en el radar del público americano. Otras canciones, como “Bootstraps”, “Good Days” y “Brother Song” demostraron que los Crowe saben crear canciones que pueden llegar a un público más amplio. Zach Bryan marca el camino. Ellos lo seguirán.

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Alana Springsteen puso la nota de mainstream country del festival. Una historia completamente americana: sus padres se mudaron a Nashville cuando era una niña de diez años para intentar que triunfara. A base de trabajo y esfuerzo, Alana ha conseguido superar todo tipo de dificultades. Desde las propias de la competitiva escena de Nashville hasta el incendio de su autobús de gira. Poco a poco ha ido cumpliendo sus sueños. El año pasado teloneó a Keith Urban, en su disco “Twenty Something” . Además, ni más ni menos que Chris Stapleton puso la guitarra en su canción “Ghost In My Guitar”. Precisamente con esta canción abrió el concierto y casi lo cerró, porque en ese momento comenzaron los problemas técnicos que lastraron la primera jornada del festival.

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A pesar de su juventud, es una artista muy completa, como demostró al presentar al piano canciones como “Selfish”, una de las mejores de su reciente “I Hope This Helps”. Consciente de que tenía que ganarse al público, aprovechó “How To Swim” para cantar pedazos de clásicos como “Don’t Stop Believin’”, “Here Comes the Sun”, “I Gotta Feeling” y “Go Your Own Way”. Otro de los momentos destacados fue “Cowboys And Tequila”, donde maneja todos los tópicos de la música country que desearía ver el público más fundamentalista, que visita el festival en cada edición buscando más country de verdad. A destacar el excelente trabajo de la joven guitarrista Elizabeth Cannon, que dio a cada canción lo que necesitaba, ni más ni menos.

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Esperábamos a Cracker con muchas ganas, pero una interminable prueba de sonido (otra vez los problemas técnicos) hizo que tuvieran que acortar su repertorio. A pesar de todo, tienen tanta clase que supieron sobreponerse a las circunstancias. Con canciones como “St. Cajetan”, “The Golden Age” o “Euro-Trash Girl” es imposible dar un mal concierto. David Lowery sigue cantando como nadie y Johnny Hickman desborda carisma por cada poro de su cuerpo. La desbordante energía de la violinista Anne Harris y la clase del enorme bajista Bryan J. Howard sientan de maravilla a la banda. Precisamente esta último fue el que tomo las riendas del recital cantando una versión del clásico de Bob Dylan “You Ain’t Going Nowhere” para cerrar un concierto corto pero intenso.

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Rob Leines, aclamado como “Roberto” en la anterior edición, en la que fue el gran triunfador, volvió por aclamación popular. Hasta se prepararon camisetas con un lema especial. “Viva Roberto, Viva Roberto, Viva Roberto”.  Pasado el efecto sorpresa de la anterior edición, ya sabíamos lo que íbamos a escuchar. Southern rock y boogie acelerado sin dejar un momento de respiro a cargo de un power trio excelente. Josh Halp, el baterista, es de otro planeta. Quitado esto, el debe del concierto fue repetir prácticamente el mismo repertorio de la edición anterior con pequeñas sorpresas. Por ejemplo, la nueva canción “Stray Dawg”. También la aparición de Michael Schembre,  violinista de Johnny Mullinax en tres de las canciones. Una de las primeras pruebas de la colaboración entre músicos de las bandas participantes, una de las características de la edición de este año. Aun así, como siempre, impecable.

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SÁBADO

La Plaza Mayor de Riaza fue, como siempre parte importante de la convivencia entre el público más fiel del festival con el pueblo que les acoge. No somos mucho de bailar en línea, pero disfrutamos de la enorme clase del Conjunto San Antonio, prácticamente la única formación que mantiene encendida la llama del sonido tex-mex en la escena de nuestro país. Excelente concierto de una banda que lleva casi treinta años al servicio de un estilo festivo y que nunca falla.

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El Escenario Harvest volvió a cumplir perfectamente su papel de dar voz a bandas españolas que luchan contra todo recreando sonidos americanos. Los madrileños Castor Head, surtidos de veteranos de la escena madrileña, dan rienda suelta a su pasión por los sonidos western y bluegrass con estilo y precisión. Algo que agradeció el público presente con cálidas ovaciones. Los asturianos Montefurado demostraron que son una de esas bandas a tener en cuenta en el panorama nacional. Su propuesta tiene un aroma más rockero y, como tal, no dieron respiro en ningún momento. Su “Heavy Heads” ocupó un lugar en nuestro podio de mejores discos nacionales en 2025 y su actuación no hizo más que confirmar todas las virtudes que atesoran.  Una de las bandas importantes de nuestro país.

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No vamos a descubrir ahora a Brown Horse, una de nuestras bandas favoritas desde que debutaran con “Reservoir” hace apenas dos años. Era un disco fabuloso que, sorprendentemente, han superado en sus dos siguientes trabajos. Los habíamos visto hace unos meses y, tras girar por toda Europa y debutar en Estados Unidos, el crecimiento que siguen es exponencial. Lastrados por el horario, que les hizo tocar bajo un sol abrasador, muy lejos del clima de su Norwich natal, se supieron sobreponer a las adversidades dando un recital impecable donde presentaron un americana que, partiendo de Jason Molina o Silver Jews, ha sabido encontrar un sonido propio.

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Las letras de la banda están muy por encima de la media y la compenetración de sus músicos salta a la vista. Durante los 45 minutos de los que dispusieron presentaron las canciones de “Total Dive”, uno de los discos del año, pero también tuvieron tiempo para recordar clásicos de la banda como “Reservoir” o la enorme “Corduroy Couch”.

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Teddy and the Rough Riders, liderados por Ryan Jennings y Jack Quiggins, aparecieron en el escenario con ganas de presentar una propuesta muy diferente. Criados en la escena de East Nashville, lo suyo es buscar aire fresco en una propuesta que bebe tanto del country más setentero como de la psicodelia californiana. Su directo se basó en una idea sencilla: dejar que las canciones respiraran, sin necesidad de acelerar los tempos ni de cargar los arreglos para ganar intensidad.

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Ahí habita su encanto pero también su principal defecto. Las guitarras que dialogan sin competir entre ellas y el pulso firme de la base rítmica hacen que todo encaje con naturalidad pero con, quizás, demasiada monotonía. A pesar de todo, el trabajo colectivo de unos músicos que funcionan como un único organismo, atentos a los matices y a las transiciones, hizo que fuera un concierto muy disfrutable para los amantes de los sonidos más cósmicos.

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Si algo lastró a los Rough Riders fue el preceder a Johnny Mullenax. En un minuto de actuación, el de Tulsa había arrasado ya con todo. Es de Tulsa, y con eso está dicho todo. Posiblemente, la cuna de los mejores músicos de USA. Guitarrista desde los cinco años y criado en una familia musical, cuenta con una discografía relativamente breve, pero su reputación sobre el escenario le ha hecho conseguir un nombre en muy poco tiempo. Johnny Mullenax entiende el country como un territorio permeable. Sus canciones parten de la tradición, pero pronto se contaminan de bluegrass, rock y, en muchas ocasiones, funk. Prueba de su eclecticismo fue la interpretación de “Spain” de Chick Corea. ¡¿quién hubiera imaginado algo así en un festival como Huercasa?!

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Además, es mucho más que un virtuoso, sabe dar a cada miembro de la banda su espacio para el diálogo y la improvisación convirtiendo cada canción en una verdadera fiesta. Michael Schembre, su violinista, es parte fundamental del show, aunque todos y cada uno de los músicos son sobresalientes. El público, en algo que ya se está haciendo tradicional, españolizó su nombre como señal de que había sido el triunfador de esta edición; de ahora en adelante será Juanito. Un tipo sorprendente al que volveremos más adelante, porque todavía no había mostrado todo su potencial.

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Duro trago el de Emily Nenni. Salir tras semejante huracán con una propuesta totalmente diferente y más centrada en el country soul elegante no es nada fácil. Además, volvieron a aparecer unos pequeños problemas técnicos. Algo que hizo que la cosa empezara fría. La californiana aportó el contrapunto más clásico de la jornada. Su repertorio parte del honky tonk y del country de raíz, pero lo hace desde un enfoque contemporáneo. Nenni fue respaldada por una banda en el que destacaban las guitarras de Jack Quiggins (componente de Teddy and the Rough Riders y su pareja actual), la pedal steel de Flavio Pasquetto y la elegancia del bajista Sam Rabbette. Ellos tejieron un sonido cálido y preciso y siempre al servicio de unas canciones que encuentran su fuerza en la sencillez.

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Sin recurrir a grandes recursos, Nenni sostuvo el concierto con una presencia serena y una voz capaz de dotar de profundidad a cada una de las canciones. Además, fue muy cercana, comentando muchas de sus canciones y dedicando una canción a Edna, su perra, que cumplía nueve años esa noche. En su repertorio no faltaron algunas de sus mejores temas (“Don’t Wanna Cry”, “On The Ranch”, “Useless”, …) y tampoco el clásico de Terry Allen, “Amarillo Highway” con el que puso un broche de oro a su actuación.

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El cierre del sábado era nuestro concierto más esperado. No es nada fácil ver a Brent Cobb a esta orilla del Atlántico. Acompañado por The Fixin’s, la primera sorpresa fue ver al bueno de Johnny Mullenax a su derecha, encargado de la guitarra solista. Un problema de Matt McDaniel, guitarrista habitual de Cobb hizo que Johnny tuviera que aprenderse el repertorio de Brent en una tarde. Este lo hizo, y con nota; salvo alguna pequeña vacilación más que comprensible. El músico de Georgia presentaba su muy rockero “Ain’t Rocked In A While”, aunque el concierto fue un compendio de su trayectoria: country clásico, rock sureño y mucho soul. La clase se tiene o no se tiene y Cobb va sobrado de ella.  

El concierto fue una maravilla desde el inicio con un clásico como “Southern Star”, marcando desde el primer momento el camino a recorrer: barro y carretera, sin adornos innecesarios. El primer tramo del repertorio, con “Mornin’ Gonna Come”, “Sucker for a Good Time”, “Keep ‘Em on They Toes” y “Diggin’ Holes”, confirmó una de las principales virtudes de Cobb como compositor: su capacidad para transformar escenas cotidianas en relatos llenos de humanidad. Todo en su justa medida, pero con una profundidad de las que llenan. Su voz y su manera de tocar la guitarra tienen todo el savoir faire de una estirpe legendaria. Tuvo tiempo para una parte acústica, con “Black Creek” y “Let the Rain Come Down”. Desnudas, sus canciones suenan a sur profundo y verdad.

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La recta final recuperó el pulso eléctrico con “Livin’ the Dream”, probablemente una de las composiciones que mejor sintetiza su mirada desencantada sobre el sueño americano, antes de enlazar “If I Don’t See Ya”, “30-06” y “Richland”, tres canciones que evidencian la amplitud de un catálogo donde conviven todo tipo de sonidos de raíces. El cierre con “Bar, Guitar and a Honky Tonk Crowd” reivindicó la esencia misma de la música que celebra el festival.

En formato de banda de cuatro integrantes y un guitarrista debutante en su repertorio, Brent no podía buscar grandes arreglos, pero cuando una canción funciona no necesita vestidos de encaje, basta con una emoción. Brent supo utilizar esa economía de recursos para enfatizar su peso como compositor. Sin perseguir modas ni listas de éxitos, ha sabido construir un lenguaje propio donde confluyen el country de Georgia, el soul de Muscle Shoals y el rock sureño más elegante.

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Nada más acabar el concierto, Rob “Roberto” Leines apareció para animar al público a pedir un bis que no parecía preparado. Brent y su banda tiraron por la calle del medio interpretando “Country Roads”, algo así como el himno del festival. Roberto, como no, hizo los coros. Una nueva edición de Huercasa llegaba a su fin. Marcada por unos problemas técnicos imperdonables, que no deberían repetirse; y por una variedad de estilos que lo están convirtiendo en un festival más de americana que de country, aunque no seremos nosotros los que nos quejemos de ello.

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Impulsado por Huercasa, la empresa hortofrutícola segoviana que da nombre al festival, y con la colaboración del Ayuntamiento de Riaza, la Diputación de Segovia y la Junta de Castilla y León, Huercasa Country Festival ha consolidado una identidad singular dentro del circuito europeo. Música americana, alimentación equilibrada, disfrute en familia y vínculo con el territorio forman parte de una propuesta que volvió a encontrar en Riaza su lugar natural. El festival parece conformarse, en las últimas ediciones, por mantener un formato medio, sin grandes nombres pero mucha calidad. Imaginamos que es el camino, aunque siempre soñaremos con la posibilidad de ver algún día en Riaza a nombres como Tyler Childers o Sierra Ferrell. Imaginamos que Chris Stapleton o Kacey Musgraves juegan en otra liga inalcanzable.

Fotos: Isabela Roldán

 

Escrito por
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