John Paul Keith, Un viaje en el DeLorean

Venía John Paul Keith de la sala El Sol de Madrid a la Stereo alicantina, de sala en sala, cenáculos a la medida de este artista cercano y torrencial. Fue salir a escena y olvidar por completo durante dos horas la acertada definición que de su música hizo Fernando Navarro hace ya cuatro años.

Una frase feliz que escuchando sus discos se revela en todo su sentido pero que, por alguna razón, no me encajaba anoche y se me borró de la memoria. Porque este hombre no te deja espacio para otra cosa que la sensación de viajar con él, en el tiempo y en el espacio, como si cogieras el viejo DeLorean del Doctor Emmett Brown y volvieras a los años cincuenta en esa América que movía las caderas y se sacudía el polvo de la posguerra al ritmo de las seis cuerdas.

Cuenta Dylan que el espíritu de Buddy Holly rondaba cuando grabó su “Time out of mind”, pero ese espíritu juguetón está claro que vive ahora en la misma casa de Memphis que John Paul Keith y se cuela por los cables cuando él se acerca al micro y nos habla del amor a golpe de guitarra eléctrica, a pura yema de sus dedos –aquí no hay púas-. Sí, nos estuvo hablando del amor toda la noche, a distintas velocidades, algunas de ellas muy rápidas, hachazos de tres minutos, y otras no tanto, aunque nunca dejamos de bailar.

Un tipo enjuto y amable, que agradece con una sonrisa las cervezas y los botellines de agua que le hacen llegar a media actuación y las reparte a sus músicos, que transparenta humanidad y buen rollo, que se mueve incansablemente por el escenario, nunca está quieto, mientras desgrana canciones que te suenan a todo, que transitan del rockabilly al country y nunca se detienen.

Cantó cosas que conocíamos, bastantes de ellas de su reciente Memphis circa 3 am, y algunas inéditas de sus próximos trabajos en solitario o con Motel Mirrors, y también nos hizo creer cuando nos entregó “New Year’s Eve” que no podíamos creer que fuera la noche de Fin de Año, y sin embargo podía serlo porque semejante dosis de diversión y de nostalgia solo es posible un día así, pero ya se encargó también de recordarnos que en realidad ayer que era el día de Acción de Gracias, ese día en que la gente vuelve a casa, y nosotros volvimos con él a esa casa que es nuestra y que está oculta por la niebla de las pequeñas cosas y se hace visible de repente en una noche de jueves, bendito día.

Fue generoso en los bises, lanzándose a la vorágine instrumental, secundado por una banda sólida, todos ellos visitantes por primera vez de esta España a la que él ya ha venido seis veces, y nos dijo que los españoles somos su mejor público, eso que te encanta que te digan aunque no sea verdad, pero que en boca de alguien que hizo saltar por los aires el Azkena Rock en 2015 suena más creíble. Termina y con la misma sonrisa se pasa a firmar discos y entonces me doy cuenta de que no se le han movido las gafas de pasta en toda la noche, en dos horas menos cinco minutos de frenética entrega a su música y a su público.

Ya de camino a casa recuerdo la frase de Fernando Navarro: “hacedor de humildes pero esplendorosas canciones”. Así es sin duda en sus discos. En directo habría que buscar otro modo de definirlo que explique por qué no se nos borró la sonrisa de los labios en toda la noche, ni a él ni a nosotros.

 

 

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