Josep Pedro: la cristalización de la bibliografía bluesera

El investigador y especialista musical Josep Pedro Carañana ha publicado recientemente la que se puede calificar de obra seminal sobre la historia del blues en nuestras tierras. El libro (editado por Tirant Humanidades) se titula “El Blues en España”, y añade un subtítulo significativo para definir el territorio de exploración: “Hibridación y Diversidad Cultural desde los orígenes al auge de la escena madrileña”.

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Decía Juan Antonio Bardem hace 66 años (número muy bluesero) que “el cine español es políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico”. El cineasta hablaba del sector cultural, no de sus profesionales y artistas, una expresión artística asfixiada por la atmósfera dictatorial que demasiados cenutrios añoran hoy. Puede cambiarse la palabra “cine” por “blues” y casi encajan todas las piezas para describir la gymkana superada por los bluesmen de nuestro país en su titánica pelea por sobrevivir tras décadas de historia que ahora narra Josep Pedro.

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Han sido diez años de investigación profunda y rigurosa, con metodología académica y duro trabajo de campo. El autor vertebra las 458 páginas del volumen en tres períodos: Orígenes (1926-1979), Cristalización de la escena de blues (1980-1990) y Post-cristalización (1990-2020). Domina en cada apartado la idea de que el blues siempre ha evolucionado en función de sus contextos y que no existe otra forma musical con mayor capacidad de resistencia. Estos capítulos se estructuran a su vez con datos y testimonios sobre los locales dedicados a albergar la música en vivo, los visitantes foráneos, la prensa musical o las biografías de los músicos, junto a un “mapeo” de epicentros sonoros donde ha florecido el blues en cada momento histórico. Los bloques temáticos se cierran con tablas informativas donde figuran las fechas, artistas y garitos claves en el período analizado: un esfuerzo ciclópeo que debe aplaudirse por la complejidad de la misión y éxito en la plasmación.

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Existen trabajos editoriales previos de gran valor, pero “El Blues en España” llega más lejos que ninguno porque ordena con precisión relojera el complejo proceso de asentamiento de los sonidos afroamericanos en nuestro país. Sabe el autor, con estancias en Austin (capital mundial de la música en vivo) o Birmingham, que el blues es la columna vertebral de las músicas populares del siglo XX. La Guerra Civil o el hábitat franquista fueron algunos de los muchísimos obstáculos que debieron superar caballeros y damas envenenados por los sonidos del Delta en su cruzada musical. El arma que utilizaron los pioneros aquí fue tan imbatible como eficaz: la hibridación de tradiciones culturales. O, como dicen los prologuistas Héctor Fouce y Cristina Peñamarín, “apropiaciones, contaminaciones, mixturas, entre pautas heredadas e influencias nuevas”, hasta conformar “la resultante de herencias que se cruzan”.

 

El valenciano Josep Pedro había analizado previamente en su trabajo de fin de máster “El Blues en Madrid” las incógnitas de este fenómeno musical y social en la capital. Ahora escarba mucho más profundo. El trabajo documental es apabullante. La investigación sobre conciertos deslumbra por la minuciosidad en la calidad de los datos que aporta. Ha entrevistado a casi un centenar de protagonistas del blues en España. También ha hurgado en “la atracción europea hacia la cultura negra en tanto expresión fascinante y exótica” y en la “consolidación de Europa como un lugar de revalorización cultural, desarrollo profesional y liberación personal para los músicos afroamericanos”.

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Los primeros conciertos de blues en Barcelona (siempre muy por delante en la materia) o Madrid se describen con todo lujo de detalles, desde los precios hasta el repertorio o las crónicas de la época, junto a la perspectiva racista dominante sobre la negritud. El periódico La Veu de Catalunya publicaba en su tiempo que “la música negra que nos ha invadido y que no es más que otra de las muchas calamidades que sufrimos actualmente los blancos”. Resulta de gran interés su análisis sobre “la asociación primitiva de la negritud con la selva, lo salvaje y la sexualidad femenina”. Muestra el énfasis periodístico en describir la “turbación de la civilización” cuando monstruos de la naturaleza como Josephine Baker (“la diosa de ébano”) pisaron por primera vez los escenarios españoles y encendieron la mecha. Se rescatan también los locales en activo y, sobre todo, los fallecidos en combate; su mirada sobre la geografía emocional del blues ya desaparecida resulta especialmente valiosa.

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Muy poco escapa al radar de Josep Pedro. Desmenuza con fluidez el papel de las primeras revistas (Música Viva, Mundo Musical, Jazz Magazine, Ritmo y Melodía, Club de Ritmo…); los locales más primitivos (Hot Club de Barcelona y su réplica en Madrid, el Jamboree, antiguo burdel reconvertido a la causa musical, la Coquette, la Bodega de El Águila, el vallecano Cotton Blues, el añorado Beethoven Blues Bar, Vapor Blues, el superviviente Moe Club, el “Johnny” o el Whisky Jazz; los cruces de jazz y blues o de swing y boogie-woogie; la estigmatización en el franquismo de todo sonido que chocara contra la idea de “canción nacional” que el régimen intentó imponer; el combate sin cuartel que libraron los falangistas (“la ola de jazz arbitraria, antimusical y pudiéramos decir antihumana con que América del Norte hace años que ha invadido Europa”); los discos primigenios publicados en España (el erudito López Poy apunta a Slow and Easy Blues/The Mellow Blues, en 1940); la ruptura social que supusieron los nuevos bailes; las legendarias audiciones de discos; el primer concierto en España de blues puro: Big Bill Broonzy, en Barcelona (1953) y la primera pieza blues que sonó: la ferroviaria John Henry; los sellos discográficos (Cambayá, Gaztelupeko Hotsak, Youkali Music, Sweet Records, Enfase…); la llegada a Europa de Leadbelly o Josh White; el debate temprano sobre las relaciones entre blues y flamenco; las visitas de Sister Rosetta Tharpe a Barcelona; los abrevaderos discográficos en que se convirtieron las bases militares estadounidenses en Morón, Torrejón, Rota o Zaragoza, justo cuando se relaja la persecución del régimen por intereses geopolíticos; las visitas de Muddy Waters a Barcelona, Vitoria o Sevilla; la relevancia de los programas de radio (Tren 3, dirigido por Jorge Muñoz; el Sonido de los Pantanos o La Cofradía del Blues, a cargo de Gabis y Ramón del Solo; Blanco y Negro, de Eugenio Moirón…); los Festivales históricos (Cerdanyola, Reus, Antequera, Béjar, Hondarribia, Alicante, Cazorla, Cáceres…), y los recientes, que muestran la vitalidad del género (los internacionales organizados por la Moratalaz Blues Factory o la Sociedad del Blues de Madrid o el de Mejorada del Campo). El tiempo dirá si la pandemia dará otro golpe al blues o si la música del Delta volverá a superar este oscuro período.

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También narra Josep Pedro el concierto del primer bluesman de talla internacional que actúa en Madrid, Jimmy Witherspoon, en 1961, o el proceso de cierta “institucionalización” que reordena la pasión de los militantes y “aficionados comprometidos” con estos sonidos: en 2005 se funda la Sociedad del Blues de Barcelona y la de Madrid surge en 2011.

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Y, por supuesto, los perfiles biográficos de los nombres esenciales del blues autóctono: Tonky de la Peña, Ñaco Goñi, Malcolm Scarpa, Flaco Barral, Fede Aguado, Mermelada, Osi Martínez, los burgaleses Dolphin Blues Band (algunos dicen que el primer álbum de blues español es Papa Blues, de 1985), Francisco Simón, Jeff Espinoza, David Gwynn, Edu Manazas, JB Boni, los hermanos Arsuaga, Pablo Sanpa, Adrián Costa, Xulian Freire, Óscar Linares, Quique Gómez, la Blues Band (Granada), Algeciras Blues Express, Harmonica Zúmel Blues, Caledonia Blues Band, Steve Jordan, o Rafa Sideburns, entre otros muchos nombres que han forjado la identidad bluesera. Todos estos exponentes masculinos se complementan con la evidencia del auge de las mujeres (Patricia Göser, Beatriz Zaragoza, Tatiana Firminio, Elvira Sodalita, Itziar Yagüe, Santos, Virginia Rubio…).

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Se trata, en definitiva, de un libro cuajado de ideas enriquecedoras para el debate musical en este país. Apunta el protagonismo de clases medias o altas en los primeros grupos dedicados a estos sonidos. Abre disquisiciones como el avance del blues a rebufo del jazz y aporta reflexiones de gran interés sobre el estrechamiento de tiempos que ha sufrido el blues en España: llega tarde, casi es fagocitado por el jazz y luego apenas puede levantar cabeza porque irrumpe por el otro extremo temporal el rock. En el caso de la capital, también sufre el estrangulamiento al irrumpir como un huracán la Movida Madrileña, aunque algunos también contemplan el blues como parte de ese fenómeno capitalino.

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Debo confesar que me provocó una carcajada leer la visita del autor a un garito bluesero del foro. Josep Pedro plantea su noche de copas y concierto con amigos el Populart (QEPD) como una “experiencia etnográfica”. Esa visión academicista domina todo el libro, pero con un lenguaje sumamente accesible y muy distante/distinto de los galimatías universitarios que a veces castigan a los aficionados a la lectura.

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Escribe Josep Pedro que el blues se conforma como “construcción colectiva, compleja, definida y atravesada por una multiplicidad de acciones, flujos, fuerzas espacios y tiempos”. Y añade: “La tradición del blues actuó como impulsora de una modernidad excitante, fascinante y potencialmente liberadora que, en el caso de España, llegó casi siempre del exterior”. Ahora, gracias a este libro, el blues en nuestra tierra da otro salto adelante. El blues ha superado mil trampas para asentarse en España en condiciones extremadamente difíciles y hoy la bibliografía bluesera cristaliza gracias a la obra magna de un estudioso que servirá para cimentar nuevos avances de una cultura que llegó aquí para quedarse.

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